| EL AMIGUITO DE ALÍ |
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Había llenado la cesta de zanahorias, la comida favorita de Alí. Éste se sentó enseguida debajo de un árbol. Se puso a leer y a comer zanahorias. Entonces vio a un conejo que se acercaba a la cesta. Alí se levantó despacio para no asustarlo. “Debes estar hambriento, conejito”, dijo. “Bueno, sí. Me gustan mucho las zanahorias”, afirmó el conejo. “Ven”, dijo Alí, “comamos juntos y charlemos. Hay muchas cosas que me gustaría preguntarte.”
Alí pensó en cómo Dios ha creado todo para que los animales se aprovechen de ello con facilidad. También se acordó de la naranja que se comió en invierno. Si hubiese tenido otra forma, habría sido difícil de comer. Las naranjas tienen mucha vitamina C, que es muy buena para la salud, y Alí dio gracias a Dios por haber hecho que tuvieran gajos para poder comerlas mejor. Y, desde luego, otra bendición es que tengamos dientes para morderlas. Dios también dio a los conejos paletas para roer las zanahorias.
El conejo contestó: “Dios ha dotado a cada criatura de unas habilidades que hagan su vida más fácil. Existen muchas clases de conejos que cuentan con características diferentes. Por ejemplo, los que viven en regiones frías suelen ser de color blanco, para que sea difícil verlos en la nieve y se puedan esconder con facilidad. Los conejos de monte como yo tenemos las patas y las orejas más largas. Los que viven en el desierto americano tienen unas orejas enormes, que les ayudan a refrescarse.” Alí prosiguió: “Todo el mundo conoce la historia de la liebre y la tortuga. Tú corres mucho, ¿verdad?” “Sí”, afirmó el conejo. “Mis patas traseras son más poderosas que las delanteras, así que puedo correr de 60 a 70 km/h y, a veces, puedo recorrer seis metros de un solo salto.” “¿Cómo encuentras tu madriguera? Y, por otra parte, corres el peligro de que, si no estás dentro, te la quite otro conejo, ¿verdad?”, le preguntó Alí. “Algunos animales marcan sus casas con un olor determinado”, le explicó su nuevo amigo. “Por ejemplo, las gacelas segregan una sustancia con una glándula que se encuentra bajo sus ojos. El olor de dicha sustancia marca el territorio en el que viven. Nuestras glándulas se encuentran en las quijadas y, con el olor que desprenden, marcamos nuestras casas para que otro conejo no nos las quite y para encontrarlas fácilmente. Desde luego, esto no es algo que podamos hacer nosotros solos, sino que es a través de la inspiración divina.”
“Los conejos nos reproducimos con mucha rapidez”, respondió su amigo. “Nuestras madres están embarazadas durante sólo 28 o 33 días. Dan a luz a muchos gazapos de una vez. Por ejemplo, yo tengo 15 hermanos. La camada permanece con la madre durante un mes. Y los conejos tenemos otra particularidad: podemos aparearnos a los tres o cuatro días de nacer.” En ese momento, el padre de Alí se unió a la conversación. “Incluso yo no sabía todo eso, conejito”, dijo. “Dios te bendiga. Con qué perfección ha creado el universo, los animales y todos los seres vivos que existen. En el Corán, Dios Todopoderoso dice:
“Él nos ha colmado de bendiciones, así que tenemos que darle gracias y ganar Su favor en esta vida terrenal donde pasamos las pruebas para prepararnos para la vida eterna. Sabes que Dios nos dice en el Corán que nos ha creado sólo para adorarle; lo mejor que podemos hacer es darle las gracias por esos dones, organizar nuestras vidas de acuerdo al Corán y vivir para Dios, que dice en Su libro:
“Papá”, preguntó Alí, “Sólo con mirar a nuestro alrededor, hay tanto por lo que estar agradecidos, ¿verdad? Un árbol que vemos todos los días, un pájaro que vuela, un conejito… Cuando te fijas con atención en todas estas cosas, ves con cuánta perfección están hechas. Y únicamente Dios Todopoderoso y su poder creativo es capaz de lograrla, ¿no es cierto? De otro modo, ¿cómo podría un conejo ser lo suficientemente inteligente para adquirir todas estas destrezas por sí mismo?”
El padre de Alí añadió: “Alí, qué bien que hicimos esta excursión. Al principio no querías venir con nosotros, pero luego conociste a este conejito y vuestra conversación te ha hecho pensar en algunas cosas.” “Tienes razón, papá”, afirmó Alí. “Nuestra conversación me ha ayudado a ver a Dios en todas las cosas. Gracias, conejito. Ahora tengo que marcharme con mi padre. Le preguntaré a mi madre si quedan más zanahorias para traértelas. Hasta luego.” “Gracias, Alí”, dijo el conejito. “Que Dios te bendiga.” |
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